Tibulo. Elegía II, 3


También llevó a pastar los toros de Admeto el hermoso Apolo. Ni la cítara, ni sus cabellos sin cortar le ayudaron, ni pudo curar sus afanes amorosos con hierbas medicinales: todo cuanto había en el arte de la medicina, lo había vencido Amor. El propio dios se habituó a hacer salir de los establos a las vacas y enseñó a mezclar el cuajo con leche reciente y que esta leche se espesara con la mezcla. Entonces se tejió una canastilla con flexible mimbre de junco y por las junturas se producía un estrecho resquicio para el suero. ¡Oh, cuántas veces, dicen, mientras llevaba por los campos un ternero, enrojeció su hermana al encontrárselo! ¡Oh, cuántas veces, mientras cantaba en el fondo del valle, se atrevieron las terneras a interrumpir con mugidos sus doctos cantos! Con frecuencia los generales llegaron a consultar sus oráculos ante la incertidumbre de sus empresas. Vino también decepcionado el pueblo en masa de los templos de sus casas. Con frecuencia se dolió Latona al ver erizados sus sagrados cabellos, que la misma madrastra había admirado antes. Todo el que viera su cabeza sin adornos y sus cabellos en desorden, se preguntaría si aquella era la cabellera de Febo. ¿Dónde está ahora tu Delos?, Febo; ¿dónde la pítica, Delfos? Por cierto que Amor te obliga a vivir en pequeña choza. Dichosos los tiempos en que se cuenta que los eternos dioses no se avergonzaban de ser esclavos de Venus sin disimulos. Ahora él es objeto de habladurías, pero quien sufre de afanes amorosos por una joven prefiere ser objeto de burlas a ser un dios sin amor.

Tibulo. Elegía II,2 (Deseo de Fidelidad)


Pronunciemos palabras de fiesta: el dios del cumpleaños se acerca al altar. Todos los presentes, hombres y mujeres, guarden silencio. Quémese piadoso el incienso en la lumbre, quémense los perfumes que el blanco árabe envía de su rico país. El propio Genio acuda a contemplar sus honras; flexibles guirnaldas le adornen su sagrada cabellera. Sus sienes rezumen gotas de nardo puro y quede saciado de torta y embriagado de vino. Concédate, Cornuto, todo lo que pidas. Ea, ¿por qué vacilas? Él lo consiente: pídele.

Desearás, me imagino, el amor fiel de tu esposa. Creo que los propios dioses lo han decretado ya. Lo preferirás a todos los campos que por el mundo entero un fuerte labrador pueda arar con buey robusto y a todas las perlas que se crían en las Indias felices, por donde enrojece la ola del mar de Oriente.

Tus deseos se cumplen. Ojalá vuele Amor con sus alas resonantes y a vuestro matrimonio traiga cadenas de oro; cadenas que duren siempre, hasta que la lenta vejez marque arrugas y encanezca los cabellos. Que llegue ésta, dios del cumpleamos, otórgueles a los abuelos nietos y juegue ante tus pies un tropel de niños.

Albio Tibulo (vida)


Poeta latino, del momento de oro de la poesía romana. Sólo poseemos 16 elegías compuestas por él y, con ellas, ha pasado a la historia. “Horacio, amigo suyo, lo hace crítico de sus sátiras, protagonista de una de sus odas y destinatario de una bella epístola; Ovidio lo imita con adoración, llora su muerte y lamenta no haberlo conocido; Domicio Marso lo iguala en su género a Virgilio; para Quintiliano es el mejor elegíaco latino.”

Sin saber ni cuándo ni dónde nace, se intuye que muere el 19 aC, como Virgilio. Huérfano de padre, es criado en un ambiente provinciano por su madre y hermana. Pertenece al orden de los caballeros. Estudioso y pacífico por naturaleza, no comprende y se duele por las guerras civiles, de las cuales también sufre de forma directa la reducción de sus tierras. Vivió toda su vida sin apuros económicos y dedicado prácticamente a la literatura.

Horacio lo describe como agraciado, elegante, culto, bueno, elocuente y famoso. Enamoradizo, como demuestra su obra, dirigida a Delia, Mátaro y Némesis (pseudónimos).

Se acepta que, políticamente, pertenece al grupo de Mesala. Lo que no se comprende exactamente es el alcance de tal grupo. Aunque en principio se abogaba por su carácter conservador, hoy se acuerda que, si bien al principio sí existieron ánimos restauracionistas, tras la paz imperial, comprenden y aceptan las ideas de Augusto.

Catulo a Lesbia (LXXXVII)


 

Ninguna mujer puede decir haber sido amada verdaderamente tanto como mi Lesbia ha sido amada por mí. Ninguna fidelidad tan grande hubo nunca en ningún pacto como la que se ha descubierto de mi parte en tu amor.

A %d blogueros les gusta esto: