Propercio. Elegías I,19


No temo yo ahora, Cintia mía, los tristes Manes, ni me importa el destino debido a la postrera hoguera, pero que acaso mi funeral esté privado de tu amor, ese miedo es peor que la exequia misma. No tan superficialmente entró Cupido en mis ojos como para que mis cenizas estén libres de tu amor olvidado.

Allí, en los lugares sombríos, el héroe descendiente de Fílaco, no pudo soportar el recuerdo de su amada esposa, sino que, deseoso de tocar a su amor con ilusorias manos, el tesalio había ido cual sombra a su antiguo hogar. Allí, sea lo que fuere, siempre seré tu espectro: un gran amor atraviesa incluso las riberas del destino. Allí lleguen a coro las hermosas heroínas, las que el botín de Troya entregó a los héroes griegos: ninguna de ellas me será, Cintia, más agradable que tu figura, y (la justa Tierra así lo permita) aunque los hados te reserven una larga vejez, queridos sin embargo serán tus huesos a mis lágrimas.

¡Que esto mismo puedas tú sentir viva sobre mis cenizas! Entonces la muerte, donde quiera llegue, no me sería amarga. ¡Cuánto temo, Cintia, que, despreciada mi tumba, Amor cruel te separe de mis cenizas y te obligue a la fuerza a enjugar las lágrimas que te brotan! También la joven fiel se doblega con continuas amenazas.

Por lo cual, mientras podamos, gocemos juntos de nuestro amor: el amor, dure lo que dure, nunca es demasiado largo.

Tibulo. Elegía I,6 (Lazos del Amor)


Siempre, para engañarme, me muestras sonriente tu semblante, después, para mi desgracia, eres duro y desdeñoso, Amor. ¿Qué tienes conmigo, cruel? ¿Es que es tan alto motivo de gloria que un dios tienda trampas a un hombre? Pues a mí se me están tendiendo lazos; ya la astuta Delia, furtivamente, a no sé quién en el silencio de la noche abraza. Por cierto que ella lo niega entre juramentos, pero es muy difícil creerla. Así también sus relaciones conmigo as niega siempre ante su marido. Fui yo mismo, para mi desgracia, el que le enseñé de qué forma se puede burlar la vigilancia: ay, ay, ahora estoy pillado por mis propias mañas. Entonces aprendió a inventar pretextos para acostarse sola; entonces a poder abrir la puerta sin rechinar los goznes. Entonces le di jugos de hierbas con los que borrase los cardenales que produce, al morder, la pasión compartida.

(Fragmento)

Albio Tibulo (vida)


Poeta latino, del momento de oro de la poesía romana. Sólo poseemos 16 elegías compuestas por él y, con ellas, ha pasado a la historia. “Horacio, amigo suyo, lo hace crítico de sus sátiras, protagonista de una de sus odas y destinatario de una bella epístola; Ovidio lo imita con adoración, llora su muerte y lamenta no haberlo conocido; Domicio Marso lo iguala en su género a Virgilio; para Quintiliano es el mejor elegíaco latino.”

Sin saber ni cuándo ni dónde nace, se intuye que muere el 19 aC, como Virgilio. Huérfano de padre, es criado en un ambiente provinciano por su madre y hermana. Pertenece al orden de los caballeros. Estudioso y pacífico por naturaleza, no comprende y se duele por las guerras civiles, de las cuales también sufre de forma directa la reducción de sus tierras. Vivió toda su vida sin apuros económicos y dedicado prácticamente a la literatura.

Horacio lo describe como agraciado, elegante, culto, bueno, elocuente y famoso. Enamoradizo, como demuestra su obra, dirigida a Delia, Mátaro y Némesis (pseudónimos).

Se acepta que, políticamente, pertenece al grupo de Mesala. Lo que no se comprende exactamente es el alcance de tal grupo. Aunque en principio se abogaba por su carácter conservador, hoy se acuerda que, si bien al principio sí existieron ánimos restauracionistas, tras la paz imperial, comprenden y aceptan las ideas de Augusto.

Cayo Valerio Catulo (vida)


Nacido en Verona (87aC), hijo de un comerciante con una gran fortuna y grandes amistades, entre las que se incluye al mismo Julio César, que se alojó varias veces en su casa cuando viajaba a las Galias. Después de una sólida formación en su provincia, siendo joven viaja a Roma y allí se introduce dentro de los círculos literarios de la época. En Roma se enamora de una joven, a quien se refiere con el sobrenombre de Lesbia (quizá Clodia, hermana de P. Clodio Pulcher y esposa de Q. Metelo Céler, a quien el mismo Cicerón, que era amigo suyo, califica de “un desierto”), y a quien dedica veinticinco poemas que son capaces de narrar la historia desde sus comienzos idílicos hasta el desenlace final en el que es rechazado por un amor más joven.

Representa de forma excepcional el ideal de la poesía y un rotundo contraste con la vida tradicional de Roma (frente a Cicerón).  Dentro del movimiento neotérico (como los novísimos del tiempo) ama la cultura griega y adapta a “lo romano” todo lo que en ella pueda existir de innovación. “Se importan las nuevas normas de la literatura helenística, nuevos géneros, nuevas formas métricas, etc.; la música y la danza como elementos educativos; la mujer cuanto integrante de cenáculos literarios e incluso políticos; los aristócratas al frente de la plebe, la libertad como bandera en todos los frentes.” Buscan momentos diversos en los que puedan encontrar su inspiración, integrando su poesía con la vida: el ambiente bohemio, alternando estudio, producción literaria y vida festiva y amorosa.

Los amores de Catulo forman parte intrínseca de su obra. Clodia (a quien llama Lesbia) era culta, admiradora de la poesía, de la música y de la danza, participaba en cenáculos y tertulias. Se conocieron en Verona, y la llegada a Roma de Catulo le abre un universo grande de posibilidades: tanto el amor de Clodia como la incorporación en la ciudad a los círculos literarios, la moral de los nuevos círculos y las expectativas que se ciernen sobre un poeta joven que es escuchado. Pero no todo fue romántico: la muerte de su hermano, las traiciones de sus amigos y también de su amante, con quien había esperado casarse a la muerte de su marido, golpean su vida. Sólo al final de su vida, después de una agitada estancia en Roma, recupera la inocencia que había cultivado en Verona.

En cuanto a lo político, pese a ser amigo de César, mantiene mucha distancia frente a los ideales políticos. Critica tanto a César como a Pompeyo. De hecho, el mismo César, al sentirse atacado por sus versos cargados de rabia, sentó a Catulo a su mesa en la casa de su padre. ¿Cambió Catulo tras la conversación? Probablemente, no. Pero canta en su poesía las victorias de César en las Galias y Britania, quizá movido más por el patriotismo.

Un acontecimiento va a marcar su vida: la muerte de su hermano mayor en Oriente y su entierro en Troya sin las correspondientes honras fúnebres. Lugar al que viajó años más tarde junto a Memmio, por diferentes motivos.

Muere muy joven, con treinta años.

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