Ovidio “Es preciso escuchar a un sabio cuando habla.”


” Haz promesas, pues ¿en qué te perjudican las promesas?, cualquiera puede ser rico en promesas. La Esperanza, una vez que se le ha dado crédito, se mantiene durante mucho tiempo: es una diosa engañosa, verdaderamente, pero que sin embargo presta sus servicios. Si llegas a hacer algún regalo, podrás ser relegado calculadamente: se llevará lo que tú le dejaste y no habrá perdido nada. Pero lo que no le regalaste, que siempre parezca que vas a regalárselo: así muchas veces un campo estéril engañó a su dueño; así el jugador, para no perder, no cesa de perder y vuelve a llamar al dado una y otra vez a sus manos ambiciosas. Ésta es la meta, éste es el objetivo: unirte a ella sin haberle regalado nada antes; y para no darte gratis lo que ya te dio, te lo seguirá dando.”

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Safo de Mitilene (1D)


Inmortal Afrodita, la de trono pintado,

hija de Zeus, tejedora de engaños, te lo ruego:

no a mí, no me sometas a penas ni angustias

el ánimo, diosa.

Pero acude acá, si alguna vez en otro tiempo,

al escuchar de lejos la voz de mi llamada,

la has atendido y, dejando la áurea morada

paterna, viniste,

tras aprestar tu carro. Te conducían lindos

tus veloces gorriones sobre la tierra oscura.

Batiendo en raudo ritmo sus alas desde el cielo

cruzaron el éter,

y al instante llegaron. Y tú, oh feliz diosa,

mostrando tu sonrisa en el trono inmortal,

me preguntabas qué de nuevo sufría y a qué

de nuevo te invocaba,

y qué con tanto empeño conseguir deseaba

en mi alocado corazón. “¿A quién, esta vez

voy a atraer, oh querida, a tu amor? ¿Quién ahora,

ay Safo, te agravia?

Pues si ahora te huye, pronto va a perseguirte;

si regalos no aceptaba, ahora va a darlos,

y si no te quería, en seguida va a amarte,

aunque ella se resista.”

Acúdeme también ahora, y líbrame ya

de mis terribles congojas, cúmpleme que logre

cuanto mi ánimo ansía, y sé en esta guerra

tú misma mi aliada.

Safo de Mitilene (mirada)


Sólo es hermoso el hermoso cuando alguien lo mira,

mas si también bueno es, lo será de por vida.

——-

¿Qué puedo hacer? No lo sé. Pues mis deseos son dobles.

Safo de Mitilene (1D)


Inmortal celeste, de ornado trono,

dolotrenzadora, Afrodita, atiende:

no atormentes más con pesar y angustias

mi alma, señora,

sino ven aquí, si mi voz de lejos

otra vez oíste y me escuchaste

y dejando atrás la dorada casa

patria viniste,

tras uncir el carro: gorriones lindos

a la negra tierra tiraban prestos

con sus fuertes alas batiendo el aire

desde los cielos.

Y llegaron pronto, y tú, dichosa,

con divino rostro me sonreías

preguntando qué me pasaba, a qué otra

vez te llamaba

y que qué prefiero que en mi alma loca

me suceda ahora: «¿A quién deseas

que a tu amor yo lleve? Ay dime, Safo,

¿quién te hace daño?

Pues, si huyó de ti, pronto irá a buscarte;

si aceptar no quiso, dará regalos;

te amará bien pronto, si no te ama,

aun sin quererlo».

Ven también ahora y de amargas penas

líbrame, y otorga lo que mi alma

ver cumplido ansía, y en esta guerra,

sé mi aliada.

Teognis de Mégara (133-134)


Nadie, oh Cirno, es culpable de su ruina o provecho, sino los dioses que otorgan lo uno y lo otro. Ninguna persona se afana sabiendo en su mente si su acción será al fin provechosa o dañina. A menudo quien creía obrar mal hizo un bien, y pensando hacer un bien ha hecho un mal. A ningún hombre le sale bien cuanto quiere; porque los límites de su impotencia lo frenan. Los hombres en vano planeamos, pues nada sabemos. Los dioses lo cumplen todo a su antojo.

Solón de Atenas (3D. Eunomía)


“No va a perecer jamás nuestra ciudad por designio de Zeus ni a instancias de los dioses felices. Tan magnífica es Palas Atenea nuestra protectora, hija del más fuerte, que extiende sus manos sobre ella. Pero sus propios ciudadanos, con actos de locura, quieren destruir esta gran ciudad por buscar sus provechos, y la injusta codicia de los jefes del pueblo, a los que aguardan numerosos dolores que sufrir por sus grandes abusos. Porque no saben dominar el hartazgo ni orden poner a sus actuales triunfos en una fiesta de paz…Se hacen ricos cediendo a manejos injustos… Ni de los tesoros sagrados ni de los bienes públicos se abstienen en sus hurtos, cada uno por un lado al pillaje, ni siquiera respetan los augustos cimientos de Dike, quien, silenciosa, conoce lo presente y el pasado, y al cabo del tiempo en cualquier forma viene a vengarse. Entonces alcanza a toda la ciudad esa herida inevitable, y pronto la arrastra a una pésima esclavitud, que despierta la lucha civil y la guerra dormida, lo que arruina de muchos la amable juventud. Porque no tarda en agostarse una espléndida ciudad formada de enemigos, en bandas que sólo los malos aprecian. Mientras esos males van rodando en el pueblo, hay muchos de los pobres que emigran a tierra extranjera, vendidos y encadenados con crueles argollas y lazos(…) Mi corazón me impulsa a enseñarles a los atenienses esto: que muchísimas desdichas procura a la ciudad el mal gobierno, y que el bueno lo deja todo en buen orden y equilibrio, y a menudo apresa a los injustos con cepos y grillos; alisa asperezas, detiene el exceso, y borra el abuso, y agosta los brotes de un progresivo desastre, endereza sentencias torcidas, suaviza los actos soberbios, y hace que cesen los ánimos de discordia civil, y calma la ira de la funesta disputa, y con Buen Gobierno todos los asuntos humanos son rectos y ecuánimes.”

Solón de Atenas (1D)


Espléndidas hijas de Zeus del Olimpo y de Mnemósine,

Musas de Pieria, escuchadme en mi ruego.

Dadme la prosperidad que viene de los dioses, y tenga

ante los hombres por siempre un honrado renombre,

que de tal modo sea a mis amigos dulce y a mi enemigo amargo;

respetado por unos, terrible a los otros mi persona.

Riquezas deseo tener, mas adquirirlas de modo injusto

no quiero. De cualquier modo llega luego la justicia.

La abundancia que ofrecen los dioses le resulta al hombre

segura desde el último fondo hasta la cima.

Mas la que los hombres persiguen con vicio, no les llega

por orden natural, sino atraída por injustos manejos,

les viene forzada y pronto la enturbia el Desastre.

Su comienzo, como el de un fuego, nace de casi nada,

de poca monta es al principio, pero es doloroso su final.

Porque no les valen de mucho a los hombres los actos de injusticia.

Es que Zeus vigila el fin de todas las cosas, y de pronto

-como el viento que al instante dispersa las nubes

en primavera, que tras revolver el hondón del mar

estéril y de enormes olas, y arrasar en los campos de trigo

los hermosos cultivos, alcanza el sublime hogar de los dioses,

Alceo de Mitilene (142D)


Cruel, insufrible daño es la Pobreza, que a un pueblo

grande somete a la par de su hermana, la Impotencia.

Propercio. Elegías I,19


No temo yo ahora, Cintia mía, los tristes Manes, ni me importa el destino debido a la postrera hoguera, pero que acaso mi funeral esté privado de tu amor, ese miedo es peor que la exequia misma. No tan superficialmente entró Cupido en mis ojos como para que mis cenizas estén libres de tu amor olvidado.

Allí, en los lugares sombríos, el héroe descendiente de Fílaco, no pudo soportar el recuerdo de su amada esposa, sino que, deseoso de tocar a su amor con ilusorias manos, el tesalio había ido cual sombra a su antiguo hogar. Allí, sea lo que fuere, siempre seré tu espectro: un gran amor atraviesa incluso las riberas del destino. Allí lleguen a coro las hermosas heroínas, las que el botín de Troya entregó a los héroes griegos: ninguna de ellas me será, Cintia, más agradable que tu figura, y (la justa Tierra así lo permita) aunque los hados te reserven una larga vejez, queridos sin embargo serán tus huesos a mis lágrimas.

¡Que esto mismo puedas tú sentir viva sobre mis cenizas! Entonces la muerte, donde quiera llegue, no me sería amarga. ¡Cuánto temo, Cintia, que, despreciada mi tumba, Amor cruel te separe de mis cenizas y te obligue a la fuerza a enjugar las lágrimas que te brotan! También la joven fiel se doblega con continuas amenazas.

Por lo cual, mientras podamos, gocemos juntos de nuestro amor: el amor, dure lo que dure, nunca es demasiado largo.

Tibulo. Elegía II,2 (Deseo de Fidelidad)


Pronunciemos palabras de fiesta: el dios del cumpleaños se acerca al altar. Todos los presentes, hombres y mujeres, guarden silencio. Quémese piadoso el incienso en la lumbre, quémense los perfumes que el blanco árabe envía de su rico país. El propio Genio acuda a contemplar sus honras; flexibles guirnaldas le adornen su sagrada cabellera. Sus sienes rezumen gotas de nardo puro y quede saciado de torta y embriagado de vino. Concédate, Cornuto, todo lo que pidas. Ea, ¿por qué vacilas? Él lo consiente: pídele.

Desearás, me imagino, el amor fiel de tu esposa. Creo que los propios dioses lo han decretado ya. Lo preferirás a todos los campos que por el mundo entero un fuerte labrador pueda arar con buey robusto y a todas las perlas que se crían en las Indias felices, por donde enrojece la ola del mar de Oriente.

Tus deseos se cumplen. Ojalá vuele Amor con sus alas resonantes y a vuestro matrimonio traiga cadenas de oro; cadenas que duren siempre, hasta que la lenta vejez marque arrugas y encanezca los cabellos. Que llegue ésta, dios del cumpleamos, otórgueles a los abuelos nietos y juegue ante tus pies un tropel de niños.

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