Teatro en Grecia


Esta es una página de referencia por su sencillez y por la amplitud de sus comentarios.

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“La casa de Asterión”, de J. L. Borges


Con gran respeto publico uno de mis relatos preferidos, del gran Borges. Lo conocí por medio de una amiga que me incitó a su lectura y desde entonces engrosa los libros de cabecera indispensables que me previenen de noches de insomnio estúpidas. Reconozco que no sólo se puede disfrutar de su lectura, que ya es mucho, sino también de la maravillosa recreación de un relato anterior a él.

Espero que lo disfrutéis. No puedo contar más, que si no el final pierde su encanto.

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Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz  de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que ho hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, cro, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madra; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.    

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprndiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.      Claro que no me faltan distacciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suel, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.    

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.      Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensantgriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redeentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?        

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.     -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

Drama. Una reflexión sobre el género literario.


Muchos ya saben que los géneros literarios no surgen sin más, sino con una finalidad concreta al servicio de la comunicación. Recuerdo, pero no lo diré, que una de las clases de la universidad comenzaba con esta pregunta: “¿Qué es un género literario?” En esas horas dedicadas al estudio aprendí mucho. No da igual pedirle una cita a alguien en poesía que en prosa, ni por medio del género épico que del lírico. Es una paradoja, pero no da igual. Esto me da que pensar, y ciertamente -un adverbio al que tengo un cariño desmesurado- la forma como se dan a conocer las noticias o como una persona entra en contacto con otra por medio de la palabra revelan algo muy íntimo de cada uno. Y más cuando lo que se hace es escribir.

Pues a mí me agradan, entre todos los géneros posibles, la dramática. Yo digo que es la actuación por medio de la cual se llevan al extremo las posibilidades humanas del sufrimiento y de la alegría. Y es cierto. Cualquier intermedio entre tragedia y comedia, es una mezcla sin orden contraria a la educación. Porque no hay que reírse de aquello trágico, ni llorar de mano de la alegría. Todo lo contrario. Y nos falta aprender eso, que cada cosa tiene su tiempo, y lejos de alejarnos de nosotros mismos nos comprendemos en nuestra historia. Un profesor mío, del que guardo algo más que una serie de apuntes o un mero recuerdo, comenzaba uno de sus libros parafraseando aquella tremenda frase socrática según la cual una vida sin pensamiento no merece la pena ser vivida. Esto muchos no lo comprender, por eso él lo compartía de una forma excelente: “Confío en que la verdad básica de la vida termina siempre por imponerese, y la vida, para ser hondamente gozada y sufrida, exige reflexión; pero me apena la idea de que llegue a no estar a mano de todo el mundo la oportunidad de un poco de soledad y labor filosófica, por simple desprecio comercial o por estragegia torpe de la política educativa“.

El drama es semejante a la vida en muchos aspectos. Pero en uno se diferencia de forma notable: el guión. Prescindiendo del guión, que en nuestro caso no está escrito y cualquiera que lo piense coherentemente debe estar dispuesto a entregar su libertad en manos de otros, el drama está compuesto de palabra y acción. ¿Qué más semejante a la vida? Ambas entrelazadas, unidas indisolublemente. Por eso digo que es como la vida, y no mera apariencia de ella. Apariencia de ella sería afirmar, y muchos a lo mejor lo harían de forma inconsciente, que la acción y la palabra no se unen en una única vida; o lo que es lo mismo, que es posible decirle “vida” donde sólo existiría la ruptura en el tiempo de aquello que somos: diálogo. Y sí, somos diálogo, y no sólo palabra. Y siempre seremos sólo diálogo, no triálogo y tretálogo. Cada vez que hacemos, no sólo laboramos o trabajamos, sino cada vez que hacemos de acción, ponemos en marcha nuestro discurso interior más profundo. Pues vida sólo se encuentra, y por eso todos la buscan, cuando nuestra acción está en concordancia con nuestro diálogo interior. Sócrates es un maestro en esto, y sólo iba al teatro que desarrollaba en Atenas un sólo dramaturgo. El resto, afincados fuera del hombre en las historias mitológicas, no le interesaban.

 Cuánto hay que aprender. Cuánto ayuda el drama. La sonrisa y el llanto.

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