Aristóteles y la amistad


Quizá no todos sepan que la amistad es uno de los temas más recurrentes en la literatura clásica. Lo encontramos en el teatro, en comedias y tragedias por igual y en sus más amplias vertientes, lo disfrutamos como parte de las relaciones entre los grandes héroes épicos excentes en sus apuestas y en sus agitaciones. Cómo no puede vivir en la lírica, acompasado de esas palabras incomprensibles que se entrelazan desde el corazón. Sorprende también en los grandes discursos, en la primigenia narrativa de la oratoria que conservamos, y se hace presente en todas las discusiones filosóficas sobre el ser, sobre el mundo y, progresivamente, sobre la sociedad y la persona.

Pero quizá no todos saben que la Ética a Nicómaco guarda, como una joya, dos libros enteros a semejante acierto de la sociedad y del corazón humano. La necesidad, como se cuenta, de alguien fuera de la sangre y de los lazos circunstanciales con quien se comparte más allá de lo accidental, entrando poco a poco en la sustancia de la vida e incluso compartiéndola exageradamente.

Recomendación para una tarde de verano: Leer al menos, de tan gran obra, los dos libros recomendados.

Agradecería, si alguno se atreve, poder ir comentado en este post, poco a poco, este librito. Quizá por párrafos, accesibles en distintas páginas de internet, o quizá por frases.

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Catulo a Lesbia (CIX)


Me prometes, vida mía, que este feliz amor nuestro ha de ser eterno entre nosotros. Dioses del cielo, lograd que pueda hacer promesas verdaderas y que hable sinceramente y de corazón, para que a lo largo de toda nuestra vida sea posible mantener este perenne pacto de sagrada amistad.

Catulo a Lesbia (LXXXVII)


 

Ninguna mujer puede decir haber sido amada verdaderamente tanto como mi Lesbia ha sido amada por mí. Ninguna fidelidad tan grande hubo nunca en ningún pacto como la que se ha descubierto de mi parte en tu amor.

Platón, “Protágoras”


Hipócrates, amigo de Sócrates, se acaba de enterar que Protágoras, el sofista, acaba de llegar a Atenas. Va corriendo a casa de Sócrates a despertarle para que vaya a dialogar con él. -¿Y de qué se alimenta el alma, Sócrates?

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-Desde luego de enseñanzas, dije yo. De modo que, amigo, cuidemos de que no nos engañe el sofista con sus elogios de lo que vende, como el traficante y el ten­dero con respecto al alimento del cuerpo. Pues tampoco ellos saben, de las mercancías que traen ellos mismos, lo que es bueno o nocivo para el cuerpo, pero las alaban al venderlas; y lo mismo los que se las com­pran, a no ser que alguno sea un maestro de gimnasia o un médico. Así, también, los que introducen sus en­señanzas por las ciudades para venderlas al por mayor o al por menor a quien lo desee, elogian todo lo que ven­den; y seguramente algunos también desconocerán, de e lo que venden, lo que es bueno o nocivo para el alma. Y del mismo modo, también, los que las compran, a no ser que por casualidad se encuentre por allí un médico del alma. Si tú eres conocedor de qué es útil o nocivo de esas mercancías, puedes comprar sin riesgo las enseñanzas de Protágoras y las de cualquier otro. Pero si no, ten cuidado, querido, de no jugar a los dados y arriesgarte en lo más precioso. Desde luego hay un peligro mucho mayor en la compra de enseñanzas que en la de alimentos. Pues al que compra comesti­bles y bebidas del mercader o del tendero, le es posible llevárselas en otras vasijas, y antes de aceptarlas en su cuerpo como comida o bebida, le es posible deposi­tarlas y pedir consejo, convocando a quienes entien­dan, de lo que pueda comerse y beberse y de lo que no, y cuánto y cuándo. De modo que no hay en la compra un gran peligro. Pero las enseñanzas no se pueden transportar en otra vasija, sino que es necesario, des­pués de entregar su precio, recogerlas en el alma pro­pia, y una vez aprendidas retirarse dañado o bene­ficiado.

 Examinaremos esto luego con otras personas de más edad que nosotros. Pues somos aún jóvenes para discernir en un asunto tan importante.

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