El error de Gorgias (Platón, Diálogos)
El diálogo nombrado como “Gorgias” es una de las más extensas reflexiones platónicas. Sitúa a su maestro Sócrates junto a Gorgias, Polo y Calicles sucesivamente, en una apasionada conversación sobre la retórica o la vida política, o sobre ambas cosas indisolublemente unidas.
Como en todo diálogo, bien sabemos que se mezclan y entremezclan conceptos e ideas, discursos continuamente elaborados con el fin de aclararse unos a otros, poner paz y mostrar la verdad. Lo cual no es siempre fácil o posible. En éste caminamos sobre la vida política, de ahí al saber hablar, de ahí al contenido del que se habla en público que debe ser lo justo, de ahí a quién conoce lo justo sin ser justo, de ahí a lo peor que puede hacer una persona que es obrar injustamente, de ahí a que lo mejor es liberarse de la injusticia y la ignorancia… y así sucesivamente inclinándose también del lado del placer y los tipos de placeres, de lo bello, de la diferencia sofista entre la naturaleza y la ley, de la vida democrática y su fundamento, de los peligros, de lo que merece la pena ser vivido, de los gobernantes, de la vida después de la vida… Es difícil sondear el hilo de la conversación y cada uno de los temas que aparecen.
Todo se inicia cuando Gorgias, en un lugar sin identificar claramente, termina un discurso al tiempo que parece entrar Sócrates acompañado de Querofonte. El comienzo refuerza la imagen del “sofista” (Gorgias, hospedado en casa de Calicles) que se deja preguntar sobre cualquier cuestión porque desea mostrar que “posee un arte” capaz de abarcar cualquier cuestión de la vida pública. Ésta es la presentación admirada que hace el anfitrión de semejante “sabio”, junto a la cual aparece la figura tranquila de Sócrates “desenvainando” su primera pregunta: Qué es.
“¿Qué es?” Y al primero que se la explica es a su compañero Querofonte, que no comprende la cuestión. “Por ejemplo, -se explica Sócrates- si hiciera calzado respondería, sin duda que es zapatero.”
Y después de un bello “inciso” para distinguir el diálogo de la retórica, Gorgias se manifiesta a sí mismo como “un buen orador“, poseedor del arte de la retórica y capaz de hacer “buenos oradores” a otros. No sólo bueno, sino “que nadie es capaz -continúa Gorgias- de decir las mismas cosas que yo en menos palabras”. Pero ahora lo que interesa a Sócrates es de qué se ocupa la retórica, igual que el arte de tejer se ocupa de la fabricación de vestidos. Ante la pregunta, Gorgias alega que su objeto son los discursos. Matizando, no de cualquier discurso, sino de aquellos que capacitan para hablar y para pensar sobre… Y esta es la cuestión que ahora se abre. Primero diferencian entre discursos que aluden a operaciones manuales y entre discursos cuya actividad se manifiesta totalmente por medio de la palabra. Pero es insuficiente, puesto que hay otras que también son preferentemente “de palabra” como la aritmética.
Sócrates insatisfecho continúa su argumentación extrayendo de Gorgias un leve y continuo “Así es”. Hasta el punto de tener que invitarle: “Pues da la contestación tú también, Gorgias.” El segundo paso es que los discursos sobre los cuales es objeto la retórica son aquellos que tratan “de los más importantes y excelentes asuntos humanos.” Y obligado a explicarlo, por su ambigüedad, aunque había prometido claridad y concisión, continúa: “El que, en realidad, Sócrates, es el mayor bien; y les procura libertad y, a la vez permite a cada uno dominar a los demás en su propia ciudad.” “Ser capaz de persuadir, por medio de la palabra… en toda reunión que se trate de asuntos públicos. En efecto, en virtud de este poder, serán tus esclavos el médico y el maestro de gimnasia, y en cuanto a ese banquero, se verá que no ha adquirido la riqueza para sí mismo, sino para otro, para ti, que eres capaz de hablar y persuadir a la multitud.”
Este es el punto de inflexión. Gorgias se ha visto obligado a explicitar cuál cree que es, según él realmente, el objeto de su “arte”, junto con el “objetivo” de su vida: persuadir, dominar, esclavizar a otros por medio de la palabra de tal manera que los demás, en la ciudad, le entreguen sus bienes más preciados, como el banquero su dinero.
Con esto, de momento, lo dejamos. Continuará, pero hoy estoy falto de tiempo. Si alguien desea continuar con este excelente diálogo, le animo a ello. Con esto sólo añadir que seguiré hasta el final, pero hoy no.
Platón. Mito de la caverna
El libro VII de la República de Platón comienza con el conocido mito de la Caverna. Aquí tienes el texto, para desarrollar tu imaginación y pensar en la diferencia entre dos grandes mundos: el de las sombras y el de las ideas. ¿Cuál escoges?
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Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.
Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.
- Ya lo veo-dijo
.- Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.
- ¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!
- Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
- ¿Cómo–dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?
- ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
- ¿Qué otra cosa van a ver?
- Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
- Forzosamente.
- ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
- No, ¡por Zeus!- dijo.
- Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
- Es enteramente forzoso-dijo.
- Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
- Mucho más-dijo.
-Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los que le muestra .?
- Así es -dijo.
- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
- No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.
- Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
- ¿Cómo no?
- Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que. él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
- Necesariamente -dijo.
- Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.
- Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.
- ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?
- Efectivamente.
- Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente “trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio” o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
- Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.
- Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?
- Ciertamente -dijo.- Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?.
- Claro que sí -dijo.
-Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del. sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la. región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.
- También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.
Platón. Diálogo “Cármides”
No suelo leer las introducciones de los libros. Directamente me arrojo a la lectura, una y otra vez en algunos casos. Este pequeño diálogo tiene 40 páginas en mi edición y todas las veces que lo he leído ha sido de continuo (con sus paradas reflexivas o para hacer alguna anotación, pero sin entrometerme en otras tareas diferentes), y nunca había leído las cinco páginas y media de la introducción. ¡Qué lástima!
Pues bien. Este diálogo llamado “Cármides” en honor a uno de los jóvenes que intervienen, “el que parece más sensato de los de ahora, y en todo lo demás, para la edad que tiene, no es inferior a ninguno”, según expresión del mismo libro. Y trata sobre la sensatez precisamente, sobre la prudencia. Aquí interviene la introducción de mi libro, pues me ha desvelado el origen etimológico de esta palabra, en griego sophrosyne: de sos (sano) y de phren (corazón, mente, entendimiento). De eso, de la mente sana (en cuerpo sano), del recto pensar, del equilibrio maduro entre lo ideal y lo real, entre nuestras afirmaciones y las concordancias de nuestra existencia.
Continuará….
Sócrates. Mi reflexión en puntos.
Son mis puntos. Nada más que los míos. Es para ir anotando progresivamente nuevos puntos, nuevos apartados de la posible reflexión clásica.
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Preocupación de Sócrates: el diálogo con los sofistas de su época y el enigma planteado por el oráculo de Delfos a su amigo Querofonte. De Sócrates no conservamos nada escrito por él mismo, pero su pensamiento ha quedado plasmado en parte de las obras de sus discípulos, especialmente como protagonista de los diálogos de Platón.
- Punto de partida: descubrir que a todo hombre preocupan el bien y la verdad; que toda acción es también un discurso sobre la vida buena y verdadera; que el diálogo es la herramienta para encontrar la verdad y el bien (sabios, poetas y artesanos); que hay que evitar tanto la ignorancia como la ingenuidad. ¿Cuál es la excelencia de la persona? (Metáfora del artesano de zapatos: dice que sabe y saber hacer zapatos realmente)
- Sócrates se muestra incapaz de encontrar la verdad (“Sólo sé que no sé nada”). Todo su arte se limita a reconocer qué otra persona sería a la larga capaz de esa hazaña, siempre y cuando él, Sócrates, le formulase las preguntas más adecuadas (hijo de partera). Esta es la gran enseñanza de Sócrates: la pregunta. La filosofía es antes pregunta aguda que respuesta para tapar la boca a los demás.
- Todos los hombres hablamos suponiendo que hay cosas buenas y malas, importantes y desdeñables, en todos los órdenes de la vida. Y hablamos como si supiésemos cuáles son las buenas e importantes. Además, no solo hablamos sino que nos comportamos como quienes realmente saben, ya que cada acción nuestra es una afirmación rotunda. Luego toda persona cree en infinidad de verdades.
- En la persona existe además la capacidad, en función de su libertad, de actuar y decir de manera diferente hasta lo dicho y actuado entonces. Todos podríamos, dicen, habernos detenido un poco más a examinar lo que es realmente verdadero y bueno. La pregunta de Sócrates busca este momento especial: la distancia frente a las creencias generales en la que es posible la reflexión sobre la verdad. Y esto porque creemos que no da igual cómo vivamos. Esto quiere decir, en filosofía socrática, que toda persona es un “ser intermedio” y “libre”: en cada palabra y acción nos encontramos ante el problema de lo bueno y de lo verdadero frente a lo malo y la mentira; y toda palabra y acción es una creencia.
- El experto, el verdadero sabio, es quien realmente sabe y puede realizar obras excelentes que lo acrediten como tal. Hay expertos en hacer zapatos y hay expertos en hacer comida. ¿Los hay en las cosas más humanas? ¿Hay expertos en hacer hombres buenos? Éste es el único importante, y los sofistas se presentan como los que realmente saben, quizá sin conciencia de esto. Frente a ellos Sócrates es el único que se declara no experto, y por tanto pregunta buscando lo que por él mismo no es capaz de encontrar: la ciencia del bien pleno del hombre. Vivir con coherencia esto supone situarse siempre “a distancia”, “como ser intermedio”; no como sabios, sino como buscadores de sabiduría, como filósofos. Por esto quien ignora que ignora es infinitamente más ignorante que quien sabe que ignora. Los que ignoran que ignoran “creen que”, sólo tienen opinión, les ha parecido que…; en el fondo han cambiado el bien real por el aparente.
- El ser auténtico del hombre es el conjunto de las opiniones que tiene como verdaderas, en la medida en que ellas presiden sus actos. Ellas son sus actos más profundos. Con esta perspectiva, la vida se convierte en diálogo, cruce de opiniones; esta es la definición más exacta de sociedad, según Sócrates.
Protágoras de Abderá. Una reflexión personal.
Cuánto me gustaría ir dando entrada en estas entradas a cada uno de los grandes de la antigüedad. Quienes me conocen saben la debilidad que tengo por ellos. Hoy, sin ir más lejos hace una hora escasa, me he encontrado dos personas que me dijeron escasamente hace un año “profe” por primera vez. Ellos me cuentan cómo soy apasionado en mis clases, que algunas veces soy duro y les digo las cosas como las pienso y siento (algo que estaría bien que fuera de la mano más de una vez). Me gustaría dar las gracias a tantos alumnos como fuera posible de todos esos que se pasan horas escuchando sin entender, a lo mejor en momentos de tensión intelectual y vital. Algún día escribiré un elogio de alumnos interesados que reconocen no saber de qué se habla, y que por eso empiezan a buscar por sí mismos prescindiendo de la torpeza de escuchar sólo a un profesor. Pero eso será para otro día.
Protágoras. Dos cuestiones: una persona y un diálogo; o una persona que da pie a un grandísimo diálogo. Hoy sólo apunto parte del mismo. Un amigo de Sócrates va a despertarle por la mañana porque pensaba que había llegado a la ciudad esa persona que iba a conseguir de él que llegara a ser una persona excelente. No hay que decir que la excelencia en los tiempos que corrían era más bien de carácter político, en torno a la democracia ateniense y el continuo asedio interno y externo que la zarandeaba. Es entonces cuando se inicia el diálogo. La persona que es esperada se llamaba Protágoras, aquel que instantáneametne enlazamos con su sentencia más famosa: “La medida de todo es el hombre”. Pero de Protágoras se puede decir mucho más: sus intereses, cómo entiende la retórica y dialéctica, por qué motivo -el mal en el mundo- comienza a filosofar, por qué se hace maestro. Muchas cuestiones, no sólo una.
Sócrates, frente al amigo, parece desconfiado ante la ingenuidad del otro. Éste nunca ha pretendido ser maestro de nadie, sin embargo es el primero al que se acude en una cuestión de consejo. Sócrates está durmiendo y es despertado, no esperaba; sin embargo su misión en el mundo, encargo del dios Apolo, era buscar los sabios, todos aquellos que decían que sabían, y examinarlos.
Cuando recibe la visita del amigo, pronto comprende una de las grandes cuestiones de la humanidad: toda relación supone entregar lo que somos a la persona con la que nos encontramos. Y Sócrates avisa desde el principio. Reproduzco la frase para que sea pensada, porque me parece que tiene que ver en gran parte con muchas cuestiones de hoy. ¿Qué entregamos y a quién? ¿Hablamos con alguien sobre eso antes, o simplemente “nos dejamos llevar por lo que otros dicen”?
¿Sabes a qué clase de peligro vas a exponer tu alma? Desde luego si tuvieras que confiar tu cuerpo a alguien, arriesgándote a que se hiciera útil o nocivo, examinarías muchas veces si debías confiarlo o no, y convocarías, para aconsejarte, a tus amigos y parientes, meditándolo durante días enteros. En cambio, lo que estimas en mucho más que el cuerpo, el alma, y de lo que depende el que seas feliz o desgraciado en tu vida, haciéndote tú mismo útil o malvado, respecto de eso, no has tratado con tu padre ni con tu hermano ni con ningún otro de tus camaradas, si habías de confiar tu alma o no al extranjero ése recién llegado, sino que, después de enterarte por la noche, según dices, llegas de mañana sin haber hecho ningún cálculo ni buscasdo consejo alguno sobre ello, si debes confiarte o no, y estás dispuesto a dispensar tus riquezas y las de tus amigos, como si hubieras reconocido que debes reunirte de cualquier modo con Protágoras, a quien no conoces, como has dicho, con el que no has hablado jamás, y al que llamas sofista; si bien qué es un sofista, parece que lo ignoras, en quien vas a confiarte a ti mismo.
Platón. Diálogo “Lisis”
Sobre la amistad. Algo que a todos interesa aunque no podamos expresar totalmente lo que significa. De esto trata precisamente este diálogo: sentarse tranquilamente, dialogar intensamente sobre el “contenido” que realmente tiene la “amistad”.
¿A quién le interesa esto? A todos, tanto los que tienen amigos como los que creen no tener. ¿Qué podemos decir de la amistad? Normalmente escucho algo así: “Los amigos siempre están”, “Quien ha encontrado un amigo ha encontrado un tesoro”, “Los amigos comparten todo”, “Los amigos no se esperan, están”, “Un amigo para lo que sea”… ¿Qué quiere decir todo esto? Precisamente lo que se habla en el diálogo de Platón: los amigos no nacen, en realidad se eligen sin lazos previos a la elección; la amistad nace de la reciprocidad, es decir, de la mutua confianza y la mutua entrega; pero una cuestión importante es la incondicionalidad, que se muestra en la entrega no para que el amigo me dé, sino en la entrega por la entrega, en la gratuidad de la vida compartida, en ser “un regalo” verdaderamente. De esto trata, con genialidad, el Lisis.
Al final del diálogo, no se establece ninguna “definición” real. Ojalá pudiéramos definir en una expresión cierta lo que es la amistad. Si pudiéramos (con la amistad y con otras realidades) sería como atrapar su verdad profunda, el corazón de las cosas. Pero se muestra difícil por una tensión:
1. La amistad tiene que ser gratuita, no depender de nada. El amigo es amigo porque sí, sin que se le mantenga a base de nada. El amigo no lo es ni por el dinero, ni por el cariño, ni por el poder. Es amigo por la complicidad, la apertura, y la entrega generosa sin que exista ningún lazo más allá de la entrega.
2. La amistad es mutua y recíproca. Nadie es amigo de otra persona sin que sea considerado como amigo por la otra persona, es decir, es un continuo diálogo de entrega, de generosidad, de permanencia y de fidelidad.
¡Qué maravilla de diálogo! Es uno de mis preferidos, sin duda alguna. En el Lisis hay algo más que palabras interesantes.
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http://www.filosofia.org/cla/pla/azc02221.htm
Este es el link para el diálogo entero.
Platón. Diálogo “Ion”
El arte trae de cabeza a Sócrates igual que a muchos de mis alumnos. Pongo un ejemplo de hoy para introducir el tema. ¿Cuántos están o han estado enamorados? ¿Cuántos han intentado decir del mejor modo posible, de la forma más bella y con palabras especiales lo que sienten en su corazón? ¿Cuántos desearían poder decir “te quiero” de otra manera?
Estas preguntas se acompañan de otra: ¿Cuántos pueden hacerlo y por qué? Creo que la experiencia cotidiana demuestra que no son los que “saben” de poesía, y tienen un conocimiento amplio de los ritmos y de los versos los que pueden hacerlo. No son ellos, sino aquellos que han conocido el amor y están verdaderamente enamorados. Es decir, aquellos que son movidos interiormente por “algo” que no son sus conocimientos o sus técnicas métricas. El arte, la poesía y la interpretación poética no depende de conocimientos, sino de inspiración.
Creo ser sincero cuando digo que muchas poesías han querido ser escritas sin capacidad para hacerlo. Seguro que mis alumnos pueden dar razón de lo que digo, como también yo puedo hacerlo. Queremos escribir, pero no podemos porque no se nos da la inspiración necesaria.
Arte, como arete, no es meramente la escultura, la belleza, el dibujo o la pintura, ni la música. Arte es también inspiración. Los poetas son inspirados, y los que cantan los poemas de los poetas se convierten en intérpretes inspirados de los poetas. La poesía y la poética no es por tanto una técnica, no existe conocimiento sobre la forma de decir bien y bellamente las cosas, no existe. No puede ser una técnica porque depende, no de la persona y sus conocimientos, sino de las Musas, de la inspiración que ofrecen, de la capacidad de los dioses para introducir el alma de estas personas en un mundo perfecto, bello, de amor y de heroicidad. Es entonces, una vez que los poetas y los rapsodos han sido introducidos en regiones ajenas, cuando pueden empezar a componer y a cantar.
http://www.filosofia.org/cla/pla/azc02181.htm
En esta página hay una buena recensión del breve texto de Ión.
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Ya miro, Ión, y es más, intento mostrarte lo que me parece que es. Porque no es una técnica lo que hay en ti al hablar bien sobre Homero; tal como yo decía hace un momento, una fuerza divina es la que te mueve, parecida a la que hay en la piedra que Eurípides llamó magnética y la mayoría, heráclea. Por cierto que esta piedra no sólo atrae a los anillos de hierro, sino que mete en ellos una fuerza tal, que pueden hacer lo mismo que la piedra, o sea, atraer otros anillos, de modo que a veces se forma una gran cadena de anillos de hierro que penden unos de otros. A todos ellos les viene la fuerza que los sustenta de aquella piedra. Así, también, la Musa misma crea inspirados, y por medio de ellos empiezan a encadenarse otros en este entusiasmo. De ahí que todos los poetas épicos, los buenos, no es en virtud de una técnica por lo que dicen todos esos poemas bellos, sino porque están endiosados y posesos. Esto mismo le ocurre a los buenos líricos, e igual que los que caen en el delirio de los Coribantes no están en sus cabales al bailar, así también los poetas líricos hacen sus bellas composiciones no cuando están serenos, sino cuando penetran en las regiones de la armonía y el ritmo poseídos por Baco, y, lo mismo que las bacantes sacan de los ríos, en su arrobamiento, miel y leche, cosa que no les ocurre serenas, de la misma manera trabaja el ánimo de los poetas, según lo que ellos mismos dicen.
Platón. Diálogo “Eutifrón”
Sócrates comienza a conocer cuáles van a ser los cargos que la ciudad de Atenas pague en tributo a sus enseñanzas. La primera de estas acusaciones es la que se trata en este diálogo, con Eutifrón precisamente, a las puertas del Pórtico del arconte rey, que como es sabido trata de asuntos religiosos.
Veamos dos cuestiones previas. Atenas es una polis religiosa, profundamente religiosa, al menos a la forma de los antiguos. Tras alguna que otra lucha, la diosa Atenea ha sido exaltada por encima de otras divinidades, quedando sin embargo al frente del Panteón Zeus, de multitud de epítetos. Y por otro lado, segunda cuestión, la vida social es una cuestión religiosa en la medida en que las leyes se consideran instrumento o comunicación divina para regular todo lo relativo a lo humano y lo divino.
Dicho lo cual, Eutifrón trata con Sócrates de encontrar una definición de lo que es “piedad” y de lo que es “impiedad”. Eusebio, dicho sea de paso, significa “piadoso”. ¿Es fácil determinar qué es realmente piadoso y qué no lo es?
Nuestra idea mental de “piedad” está bastante alejada de lo que implica en griego. Cuando escuchamos esta palabra pronto vienen a la cabeza hazañas de grandes santos, ceremonias religiosas cultuales, mundo de curas, monjas y similares. Pero piedad no pertenece a este mundo conceptual; más bien se aleja. En una cuestión inicial Sócrates habla de “obrar bien” como sinónimo, al menos en parte, de lo que es piedad. “¡Por Heracles! De seguro que la multitud ignora lo que es realmente obrar bien. En efecto, yo creo que hacer esto no está al alcance de cualquiera, sino del que ya está adelante en la sabiduría.” Dos cuestiones por tanto: obrar bien responde a algo así como pensar bien, hacer el bien responde a ser sabio. Lo contrario es imposible, y por tanto una contradicción más que una casualidad.
Y esta es la cuestión: ¿piedad o impiedad? Sócrates fue acusado de impío.
Platón. Diálogo “Critón”
Estamos acostumbrados a pensar, al menos en Occidente o en el Occidente que yo vivo, que la palabra que hoy doy, en estas precisas circunstancias, puede que mañana no tenga validez si cambia el contexto, o varía la situación. Esta es la cuestión principal de este libro breve llamado “Critón”.
Nos presenta a Sócrates poco antes de ser juzgado ante el tribunal ateniense, previo por lo tanto, podríamos pensar, a la Apología. Critón, amigo que ha conversado durante largo tiempo con un Sócrates buscador en Atenas, le visita en la cárcel para indicarle el modo como puede salir del juicio sin perjuicio para su vida. La respuesta, mejor dicho propuesta o pregunta de Sócrates es tajante: examinemos si lo que antes decía ha cambiado, si han variado las afirmaciones sobre la vida que, en circunstancias favorables, fueron hechas. ¿Pueden, en definitiva, cambiar las afirmaciones y creencias en función del contexto, o son por el contrario más fuertes que éste? ¿Lo que antes se creyó bueno puede ser desmentido como tal por miedo a algo, por la respuesta que puedan dar los hombres, por la indiferencia que pueda causar?
Pongamos un ejemplo cotidiano, quizá más propio de mis alumnos pero comprensible de este modo para todos. Si yo le he dicho a alguien “te quiero” y lo he creído firmemente, y así lo he demostrado con mis acciones y pensamientos, con mi tiempo dedicado y buscando espacios comunes para el encuentro, ¿puedo dejar de quererla porque otras personas me digan algo, o porque aparezca en la relación el sufrimiento? ¿Qué pensaríamos de la persona que cambia de opinión por esos motivos? ¿Que antes era verdad y ahora mentira, o que se ha dejado engañar y ha variado su pensamiento y vida en función de unos criterios no válidos?
Volviendo a Sócrates, al Sócrates de Platón, la cuestión es la misma. Lo que va a defender es que si sus razonamientos eran ciertos entonces, es decir, que lo que antes dijo era verdad porque había sido examinado y pensado y sentido con detenimiento y no a lo loco, ahora también debe mantenerse en la misma actitud. Y más aún, no sólo debe mantener su posición sino que tampoco debe temer a nada. ¿Por qué? Porque si en un momento de tranquilidad pensó bien, ahora que aparecen dificultades aquel pensamiento y razonamiento asegura que se está en buen camino, y que dejarse llevar por impulsos sería lo más erróneo de todo.
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Un breve fragmento del inicio (44c):
SOC. “Pero, ¿por qué damos tanta importancia, mi buen Critón, a la opinión de la mayoría? Pues los más capaces, de los que sí vale la pena preocuparse, considerarán que esto ha sucedido como en realidad suceda.”
CRIT: “Pero ves, Sócrates, que es necesario también tener en cuenta la opinión de la mayoría. Esto mismo que ahora está sucediendo deja ver, claramente, que la mayoría es capaz de producir no los males más pequeños, sino precisamente los mayores, si alguien ha incurrido en su odio.”
SOC. ¡Ojalá, Critón, que los más fueran capaces de hacer los males mayores para que también fueran capaces de hacer los mayores bienes! Eso sería bueno. Pero la realidad es que no son capaces ni de lo uno ni de lo otro; pues, no siendo tampoco capaces de hacer a alguien sensato ni insensato, hacen lo que la casualidad les ofrece.”
El mito de la caverna
Platón, en el libro VII de la República, escribe uno de los grandes pasajes de la historia. No es sólo un texto sino una gran reflexión sobre la situación de la humanidad y la teoría del conocimiento. Saber sobre Platón y leer el mito de la caverna es comprender la mayor parte de los conceptos que su pensamiento aporta a la historia. El señor de la “idea” (palabra que adquiere el significado que hoy le damos gracias a él)… Platón, discípulo de Sócrates.
Y uno más…