El error de Gorgias (Platón, Diálogos)
El diálogo nombrado como “Gorgias” es una de las más extensas reflexiones platónicas. Sitúa a su maestro Sócrates junto a Gorgias, Polo y Calicles sucesivamente, en una apasionada conversación sobre la retórica o la vida política, o sobre ambas cosas indisolublemente unidas.
Como en todo diálogo, bien sabemos que se mezclan y entremezclan conceptos e ideas, discursos continuamente elaborados con el fin de aclararse unos a otros, poner paz y mostrar la verdad. Lo cual no es siempre fácil o posible. En éste caminamos sobre la vida política, de ahí al saber hablar, de ahí al contenido del que se habla en público que debe ser lo justo, de ahí a quién conoce lo justo sin ser justo, de ahí a lo peor que puede hacer una persona que es obrar injustamente, de ahí a que lo mejor es liberarse de la injusticia y la ignorancia… y así sucesivamente inclinándose también del lado del placer y los tipos de placeres, de lo bello, de la diferencia sofista entre la naturaleza y la ley, de la vida democrática y su fundamento, de los peligros, de lo que merece la pena ser vivido, de los gobernantes, de la vida después de la vida… Es difícil sondear el hilo de la conversación y cada uno de los temas que aparecen.
Todo se inicia cuando Gorgias, en un lugar sin identificar claramente, termina un discurso al tiempo que parece entrar Sócrates acompañado de Querofonte. El comienzo refuerza la imagen del “sofista” (Gorgias, hospedado en casa de Calicles) que se deja preguntar sobre cualquier cuestión porque desea mostrar que “posee un arte” capaz de abarcar cualquier cuestión de la vida pública. Ésta es la presentación admirada que hace el anfitrión de semejante “sabio”, junto a la cual aparece la figura tranquila de Sócrates “desenvainando” su primera pregunta: Qué es.
“¿Qué es?” Y al primero que se la explica es a su compañero Querofonte, que no comprende la cuestión. “Por ejemplo, -se explica Sócrates- si hiciera calzado respondería, sin duda que es zapatero.”
Y después de un bello “inciso” para distinguir el diálogo de la retórica, Gorgias se manifiesta a sí mismo como “un buen orador“, poseedor del arte de la retórica y capaz de hacer “buenos oradores” a otros. No sólo bueno, sino “que nadie es capaz -continúa Gorgias- de decir las mismas cosas que yo en menos palabras”. Pero ahora lo que interesa a Sócrates es de qué se ocupa la retórica, igual que el arte de tejer se ocupa de la fabricación de vestidos. Ante la pregunta, Gorgias alega que su objeto son los discursos. Matizando, no de cualquier discurso, sino de aquellos que capacitan para hablar y para pensar sobre… Y esta es la cuestión que ahora se abre. Primero diferencian entre discursos que aluden a operaciones manuales y entre discursos cuya actividad se manifiesta totalmente por medio de la palabra. Pero es insuficiente, puesto que hay otras que también son preferentemente “de palabra” como la aritmética.
Sócrates insatisfecho continúa su argumentación extrayendo de Gorgias un leve y continuo “Así es”. Hasta el punto de tener que invitarle: “Pues da la contestación tú también, Gorgias.” El segundo paso es que los discursos sobre los cuales es objeto la retórica son aquellos que tratan “de los más importantes y excelentes asuntos humanos.” Y obligado a explicarlo, por su ambigüedad, aunque había prometido claridad y concisión, continúa: “El que, en realidad, Sócrates, es el mayor bien; y les procura libertad y, a la vez permite a cada uno dominar a los demás en su propia ciudad.” “Ser capaz de persuadir, por medio de la palabra… en toda reunión que se trate de asuntos públicos. En efecto, en virtud de este poder, serán tus esclavos el médico y el maestro de gimnasia, y en cuanto a ese banquero, se verá que no ha adquirido la riqueza para sí mismo, sino para otro, para ti, que eres capaz de hablar y persuadir a la multitud.”
Este es el punto de inflexión. Gorgias se ha visto obligado a explicitar cuál cree que es, según él realmente, el objeto de su “arte”, junto con el “objetivo” de su vida: persuadir, dominar, esclavizar a otros por medio de la palabra de tal manera que los demás, en la ciudad, le entreguen sus bienes más preciados, como el banquero su dinero.
Con esto, de momento, lo dejamos. Continuará, pero hoy estoy falto de tiempo. Si alguien desea continuar con este excelente diálogo, le animo a ello. Con esto sólo añadir que seguiré hasta el final, pero hoy no.
Aristóteles y la amistad
Quizá no todos sepan que la amistad es uno de los temas más recurrentes en la literatura clásica. Lo encontramos en el teatro, en comedias y tragedias por igual y en sus más amplias vertientes, lo disfrutamos como parte de las relaciones entre los grandes héroes épicos excentes en sus apuestas y en sus agitaciones. Cómo no puede vivir en la lírica, acompasado de esas palabras incomprensibles que se entrelazan desde el corazón. Sorprende también en los grandes discursos, en la primigenia narrativa de la oratoria que conservamos, y se hace presente en todas las discusiones filosóficas sobre el ser, sobre el mundo y, progresivamente, sobre la sociedad y la persona.
Pero quizá no todos saben que la Ética a Nicómaco guarda, como una joya, dos libros enteros a semejante acierto de la sociedad y del corazón humano. La necesidad, como se cuenta, de alguien fuera de la sangre y de los lazos circunstanciales con quien se comparte más allá de lo accidental, entrando poco a poco en la sustancia de la vida e incluso compartiéndola exageradamente.
Recomendación para una tarde de verano: Leer al menos, de tan gran obra, los dos libros recomendados.
Agradecería, si alguno se atreve, poder ir comentado en este post, poco a poco, este librito. Quizá por párrafos, accesibles en distintas páginas de internet, o quizá por frases.
Epicuro. Carta a Meneceo (fragmento, sobre el deseo)
Ni el joven postergue el filosofar ni el anciano se aburra de hacerlo, pues para nadie está fuera de lugar, ni por muy joven ni por muy anciano, el buscar la tranquilidad del alma. Y quien dice: o que no ha llegado el tiempo de filosofar o que ya se ha pasado, es semejante a quien dice que no ha llegado el tiempo de buscar la felicidad o que ya ha pasado. [...] Busca pues, y practica las cosas que te he aconsejado teniendo por cierto que los principios para vivir en forma honesta son éstos: primero, creer que Dios es un ser viviente, inmortal y bienaventurado, sin darle ningún otro atributo. Existen pues, dioses y su conocimiento es evidente pero no son como los juzga la plebe que de ellos no tiene sino juicios falsos. Por ello es más impío el que cree en los dioses del vulgo que el que los niega. [...]
Se ha de tener en cuenta en tercer lugar, que el futuro ni depende enteramente de nosotros ni tampoco nos es totalmente ajeno, de modo que no debemos esperarlo como si hubiera de venir infaliblemente ni tampoco desesperamos como si no hubiera de venir nunca. Hemos de recordar que de nuestros deseos, unos son naturales y otros son vanos. De los naturales, unos son necesarios y otros naturales solamente. De los necesarios algunos lo son para la felicidad, otros para la tranquilidad del cuerpo y otros para la vida misma. Entre todos ellos, es la reflexión acerca de las consecuencias posibles de nuestros actos la que hace que conozcamos sin error lo que debemos elegir y lo que debemos evitar para la salud del cuerpo y la tranquilidad del alma, pues el fin no es otro que vivir felizmente. Por la felicidad hacemos todo, a fin de que nada pueda dolernos ni perturbarnos [...] y no hay otra cosa, excepto ella, que complete el bien del alma y el cuerpo.
En cuarto lugar necesitamos el placer cuando nos es doloroso no tenerlo pero cuando no nos resulta dolorosa su ausencia ya no lo necesitamos. Por eso decimos que el placer es el principio y el fin del vivir felizmente: éste es el bien primero y principal: de él provienen toda elección y rechazo y consideramos bienes, por regla general, a los que no producen perturbaciones. También por ser el placer el bien primero y principal no elegimos todos los goces, antes bien, dejamos de lado muchos cuando de ellos se han de seguir dolores y llegamos a preferir ciertos dolores cuando de ellos se ha de seguir un placer mayor. Todo deleite es un bien en la medida en que tiene por compañera a la naturaleza, pero no se ha de elegir cualquier goce. También todo dolor es un mal pero no siempre se ha de huir de todos los dolores. Debemos pues, discernir tales cosas, y juzgarlas con respecto a su conveniencia o inconveniencia. [...]
Tenemos por un gran bien el contentarnos con lo suficiente, no porque siempre debamos tener poco sino para vivir con poco cuando no tenemos mucho, estimando por muy cierto que disfrutan equilibradamente de la abundancia y la magnificencia los que menos la necesitan y que todo lo que es natural es fácil de conseguir mientras que lo vano es muy difícil de obtener. [...] No son las relaciones sexuales ni el sabor de los manjares de una mesa magnífica los que producen una vida feliz sino un sobrio raciocinio que indaga perfectamente las causas de la elección y rechazo de las cosas, y elimina las opiniones que puedan acarrear perturbaciones. [...] Nadie puede vivir felizmente sin ser prudente, honesto y justo; y por el contrario, siendo prudente, honesto y justo, no podrá dejar de vivir felizmente pues la felicidad es inseparable de las virtudes. Porque, ¿quién crees que pueda superar a aquel que opina santamente acerca de los dioses, no teme a la muerte y reflexiona adecuadamente acerca del fin de la naturaleza, que se propone como bienes cosas fáciles de obtener y que considera a los males de poca duración y molestia, que niega el destino, al que muchos conciben como dueño absoluto de todo, y sólo acepta que tenemos algunas cosas por la fortuna mientras que las otras provienen de nosotros mismos? [...] Estas cosas deberás meditar continuamente, con lo cual nunca padecerás perturbación alguna, sino que vivirás como un dios entre los hombres.
Platón. Mito de la caverna
El libro VII de la República de Platón comienza con el conocido mito de la Caverna. Aquí tienes el texto, para desarrollar tu imaginación y pensar en la diferencia entre dos grandes mundos: el de las sombras y el de las ideas. ¿Cuál escoges?
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Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.
Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.
- Ya lo veo-dijo
.- Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.
- ¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!
- Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
- ¿Cómo–dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?
- ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
- ¿Qué otra cosa van a ver?
- Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
- Forzosamente.
- ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
- No, ¡por Zeus!- dijo.
- Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
- Es enteramente forzoso-dijo.
- Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
- Mucho más-dijo.
-Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los que le muestra .?
- Así es -dijo.
- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
- No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.
- Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
- ¿Cómo no?
- Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que. él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
- Necesariamente -dijo.
- Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.
- Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.
- ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?
- Efectivamente.
- Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente “trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio” o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
- Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.
- Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?
- Ciertamente -dijo.- Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?.
- Claro que sí -dijo.
-Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del. sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la. región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.
- También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.
Platón. Diálogo “Cármides”
No suelo leer las introducciones de los libros. Directamente me arrojo a la lectura, una y otra vez en algunos casos. Este pequeño diálogo tiene 40 páginas en mi edición y todas las veces que lo he leído ha sido de continuo (con sus paradas reflexivas o para hacer alguna anotación, pero sin entrometerme en otras tareas diferentes), y nunca había leído las cinco páginas y media de la introducción. ¡Qué lástima!
Pues bien. Este diálogo llamado “Cármides” en honor a uno de los jóvenes que intervienen, “el que parece más sensato de los de ahora, y en todo lo demás, para la edad que tiene, no es inferior a ninguno”, según expresión del mismo libro. Y trata sobre la sensatez precisamente, sobre la prudencia. Aquí interviene la introducción de mi libro, pues me ha desvelado el origen etimológico de esta palabra, en griego sophrosyne: de sos (sano) y de phren (corazón, mente, entendimiento). De eso, de la mente sana (en cuerpo sano), del recto pensar, del equilibrio maduro entre lo ideal y lo real, entre nuestras afirmaciones y las concordancias de nuestra existencia.
Continuará….
Sócrates. Mi reflexión en puntos.
Son mis puntos. Nada más que los míos. Es para ir anotando progresivamente nuevos puntos, nuevos apartados de la posible reflexión clásica.
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Preocupación de Sócrates: el diálogo con los sofistas de su época y el enigma planteado por el oráculo de Delfos a su amigo Querofonte. De Sócrates no conservamos nada escrito por él mismo, pero su pensamiento ha quedado plasmado en parte de las obras de sus discípulos, especialmente como protagonista de los diálogos de Platón.
- Punto de partida: descubrir que a todo hombre preocupan el bien y la verdad; que toda acción es también un discurso sobre la vida buena y verdadera; que el diálogo es la herramienta para encontrar la verdad y el bien (sabios, poetas y artesanos); que hay que evitar tanto la ignorancia como la ingenuidad. ¿Cuál es la excelencia de la persona? (Metáfora del artesano de zapatos: dice que sabe y saber hacer zapatos realmente)
- Sócrates se muestra incapaz de encontrar la verdad (“Sólo sé que no sé nada”). Todo su arte se limita a reconocer qué otra persona sería a la larga capaz de esa hazaña, siempre y cuando él, Sócrates, le formulase las preguntas más adecuadas (hijo de partera). Esta es la gran enseñanza de Sócrates: la pregunta. La filosofía es antes pregunta aguda que respuesta para tapar la boca a los demás.
- Todos los hombres hablamos suponiendo que hay cosas buenas y malas, importantes y desdeñables, en todos los órdenes de la vida. Y hablamos como si supiésemos cuáles son las buenas e importantes. Además, no solo hablamos sino que nos comportamos como quienes realmente saben, ya que cada acción nuestra es una afirmación rotunda. Luego toda persona cree en infinidad de verdades.
- En la persona existe además la capacidad, en función de su libertad, de actuar y decir de manera diferente hasta lo dicho y actuado entonces. Todos podríamos, dicen, habernos detenido un poco más a examinar lo que es realmente verdadero y bueno. La pregunta de Sócrates busca este momento especial: la distancia frente a las creencias generales en la que es posible la reflexión sobre la verdad. Y esto porque creemos que no da igual cómo vivamos. Esto quiere decir, en filosofía socrática, que toda persona es un “ser intermedio” y “libre”: en cada palabra y acción nos encontramos ante el problema de lo bueno y de lo verdadero frente a lo malo y la mentira; y toda palabra y acción es una creencia.
- El experto, el verdadero sabio, es quien realmente sabe y puede realizar obras excelentes que lo acrediten como tal. Hay expertos en hacer zapatos y hay expertos en hacer comida. ¿Los hay en las cosas más humanas? ¿Hay expertos en hacer hombres buenos? Éste es el único importante, y los sofistas se presentan como los que realmente saben, quizá sin conciencia de esto. Frente a ellos Sócrates es el único que se declara no experto, y por tanto pregunta buscando lo que por él mismo no es capaz de encontrar: la ciencia del bien pleno del hombre. Vivir con coherencia esto supone situarse siempre “a distancia”, “como ser intermedio”; no como sabios, sino como buscadores de sabiduría, como filósofos. Por esto quien ignora que ignora es infinitamente más ignorante que quien sabe que ignora. Los que ignoran que ignoran “creen que”, sólo tienen opinión, les ha parecido que…; en el fondo han cambiado el bien real por el aparente.
- El ser auténtico del hombre es el conjunto de las opiniones que tiene como verdaderas, en la medida en que ellas presiden sus actos. Ellas son sus actos más profundos. Con esta perspectiva, la vida se convierte en diálogo, cruce de opiniones; esta es la definición más exacta de sociedad, según Sócrates.
Protágoras de Abderá. Una reflexión personal.
Cuánto me gustaría ir dando entrada en estas entradas a cada uno de los grandes de la antigüedad. Quienes me conocen saben la debilidad que tengo por ellos. Hoy, sin ir más lejos hace una hora escasa, me he encontrado dos personas que me dijeron escasamente hace un año “profe” por primera vez. Ellos me cuentan cómo soy apasionado en mis clases, que algunas veces soy duro y les digo las cosas como las pienso y siento (algo que estaría bien que fuera de la mano más de una vez). Me gustaría dar las gracias a tantos alumnos como fuera posible de todos esos que se pasan horas escuchando sin entender, a lo mejor en momentos de tensión intelectual y vital. Algún día escribiré un elogio de alumnos interesados que reconocen no saber de qué se habla, y que por eso empiezan a buscar por sí mismos prescindiendo de la torpeza de escuchar sólo a un profesor. Pero eso será para otro día.
Protágoras. Dos cuestiones: una persona y un diálogo; o una persona que da pie a un grandísimo diálogo. Hoy sólo apunto parte del mismo. Un amigo de Sócrates va a despertarle por la mañana porque pensaba que había llegado a la ciudad esa persona que iba a conseguir de él que llegara a ser una persona excelente. No hay que decir que la excelencia en los tiempos que corrían era más bien de carácter político, en torno a la democracia ateniense y el continuo asedio interno y externo que la zarandeaba. Es entonces cuando se inicia el diálogo. La persona que es esperada se llamaba Protágoras, aquel que instantáneametne enlazamos con su sentencia más famosa: “La medida de todo es el hombre”. Pero de Protágoras se puede decir mucho más: sus intereses, cómo entiende la retórica y dialéctica, por qué motivo -el mal en el mundo- comienza a filosofar, por qué se hace maestro. Muchas cuestiones, no sólo una.
Sócrates, frente al amigo, parece desconfiado ante la ingenuidad del otro. Éste nunca ha pretendido ser maestro de nadie, sin embargo es el primero al que se acude en una cuestión de consejo. Sócrates está durmiendo y es despertado, no esperaba; sin embargo su misión en el mundo, encargo del dios Apolo, era buscar los sabios, todos aquellos que decían que sabían, y examinarlos.
Cuando recibe la visita del amigo, pronto comprende una de las grandes cuestiones de la humanidad: toda relación supone entregar lo que somos a la persona con la que nos encontramos. Y Sócrates avisa desde el principio. Reproduzco la frase para que sea pensada, porque me parece que tiene que ver en gran parte con muchas cuestiones de hoy. ¿Qué entregamos y a quién? ¿Hablamos con alguien sobre eso antes, o simplemente “nos dejamos llevar por lo que otros dicen”?
¿Sabes a qué clase de peligro vas a exponer tu alma? Desde luego si tuvieras que confiar tu cuerpo a alguien, arriesgándote a que se hiciera útil o nocivo, examinarías muchas veces si debías confiarlo o no, y convocarías, para aconsejarte, a tus amigos y parientes, meditándolo durante días enteros. En cambio, lo que estimas en mucho más que el cuerpo, el alma, y de lo que depende el que seas feliz o desgraciado en tu vida, haciéndote tú mismo útil o malvado, respecto de eso, no has tratado con tu padre ni con tu hermano ni con ningún otro de tus camaradas, si habías de confiar tu alma o no al extranjero ése recién llegado, sino que, después de enterarte por la noche, según dices, llegas de mañana sin haber hecho ningún cálculo ni buscasdo consejo alguno sobre ello, si debes confiarte o no, y estás dispuesto a dispensar tus riquezas y las de tus amigos, como si hubieras reconocido que debes reunirte de cualquier modo con Protágoras, a quien no conoces, como has dicho, con el que no has hablado jamás, y al que llamas sofista; si bien qué es un sofista, parece que lo ignoras, en quien vas a confiarte a ti mismo.
Parménides y lo que realmente es
Tres notas simples. Nada más. Mejor leer el poema directamente.
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Filosofía en relación con Heráclito. En la investigación de lo que realmente es identificó los caminos por los que no se avanza ni se llega a él: el ser derivado y el ser relativo. El ser derivado es aquel que recibe el ser como por dependencia, pero nunca por sí mismo; de tal manera que, siendo cambiante, no es realmente ser. Y el ser relativo es aquel que se funda en la relación, pero no por sí mismo. Por ejemplo, ser derivado es recibir en función de aquello que nos antecede (tradición, por ejemplo, en lugar de la idea adquirida por uno mismo). Por ejemplo, ser relativo es ser en función de ser hijo, ser alumno, ser profesor o ser padre, puesto que todos ellos “dependen” de un ser relativo. El ser, es; el no ser, no es. Todo tiene “ser” y ese ser “es”. Este es el principio de identidad. De donde se deduce que Uno y Todo es lo Ente, lo Único, lo Continuo. (1) Que el ser es único. No puede haber dos seres; no puede haber más que un único ser en virtud del cual las realidades son. Pero sólo hay un ser, porque de lo contrario entre ambos existiría no ser, y no se puede afirmar que el “no ser” sea. (espacio) (2) Es eterno. De lo contrario tendría principio y fin. El ser no puede proceder del no-ser. (tiempo) (3) Inmutable. No puede cambiar, porque todo cambio es paso por el no ser. Todo lo que ha cambiado a dejado de ser lo que era. (4) Infinito. No está en ninguna parte que pudiese ser contenida en algo mayor que él. (5) Inmóvil. Porque moverse es dejar de ser en un sitio para ser en otro. Pero la realidad se mueve en otros parámetros, aquella al menos que muestran los sentidos. Las cosas son movimientos. Su conclusión: todo es apariencia, ilusión perceptiva mostrada por los sentidos. Luego hay un mundo sensible y otro inteligible. El sensible es por tanto ininteligible en pura lógica; pero lo real es inteligible, y sin embargo no tenemos ninguna idea de él, ninguna imaginación, ninguna comprensión. El principio de identidad se opone al de contradicción, igual que el mundo sensible contraría al inteligible. Y como ser y pensar poseen las mismas cualidades consiente un paso más en el que el ser y el pensar son idénticos. “Una y la misma cosa es ser y pensar”. Es con el discurso como se terminan abriendo las puertas del reino de la divina verdad, pero es la diosa de la Noche. Importancia del verbo aparecer, mostrarse de la verdad. Ésta no se encuentra, no se alcanza, no se aprende, sino que desvela y vela al mismo tiempo en un continuo diálogo con el hombre.
Platón. Diálogo “Ion”
El arte trae de cabeza a Sócrates igual que a muchos de mis alumnos. Pongo un ejemplo de hoy para introducir el tema. ¿Cuántos están o han estado enamorados? ¿Cuántos han intentado decir del mejor modo posible, de la forma más bella y con palabras especiales lo que sienten en su corazón? ¿Cuántos desearían poder decir “te quiero” de otra manera?
Estas preguntas se acompañan de otra: ¿Cuántos pueden hacerlo y por qué? Creo que la experiencia cotidiana demuestra que no son los que “saben” de poesía, y tienen un conocimiento amplio de los ritmos y de los versos los que pueden hacerlo. No son ellos, sino aquellos que han conocido el amor y están verdaderamente enamorados. Es decir, aquellos que son movidos interiormente por “algo” que no son sus conocimientos o sus técnicas métricas. El arte, la poesía y la interpretación poética no depende de conocimientos, sino de inspiración.
Creo ser sincero cuando digo que muchas poesías han querido ser escritas sin capacidad para hacerlo. Seguro que mis alumnos pueden dar razón de lo que digo, como también yo puedo hacerlo. Queremos escribir, pero no podemos porque no se nos da la inspiración necesaria.
Arte, como arete, no es meramente la escultura, la belleza, el dibujo o la pintura, ni la música. Arte es también inspiración. Los poetas son inspirados, y los que cantan los poemas de los poetas se convierten en intérpretes inspirados de los poetas. La poesía y la poética no es por tanto una técnica, no existe conocimiento sobre la forma de decir bien y bellamente las cosas, no existe. No puede ser una técnica porque depende, no de la persona y sus conocimientos, sino de las Musas, de la inspiración que ofrecen, de la capacidad de los dioses para introducir el alma de estas personas en un mundo perfecto, bello, de amor y de heroicidad. Es entonces, una vez que los poetas y los rapsodos han sido introducidos en regiones ajenas, cuando pueden empezar a componer y a cantar.
http://www.filosofia.org/cla/pla/azc02181.htm
En esta página hay una buena recensión del breve texto de Ión.
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Ya miro, Ión, y es más, intento mostrarte lo que me parece que es. Porque no es una técnica lo que hay en ti al hablar bien sobre Homero; tal como yo decía hace un momento, una fuerza divina es la que te mueve, parecida a la que hay en la piedra que Eurípides llamó magnética y la mayoría, heráclea. Por cierto que esta piedra no sólo atrae a los anillos de hierro, sino que mete en ellos una fuerza tal, que pueden hacer lo mismo que la piedra, o sea, atraer otros anillos, de modo que a veces se forma una gran cadena de anillos de hierro que penden unos de otros. A todos ellos les viene la fuerza que los sustenta de aquella piedra. Así, también, la Musa misma crea inspirados, y por medio de ellos empiezan a encadenarse otros en este entusiasmo. De ahí que todos los poetas épicos, los buenos, no es en virtud de una técnica por lo que dicen todos esos poemas bellos, sino porque están endiosados y posesos. Esto mismo le ocurre a los buenos líricos, e igual que los que caen en el delirio de los Coribantes no están en sus cabales al bailar, así también los poetas líricos hacen sus bellas composiciones no cuando están serenos, sino cuando penetran en las regiones de la armonía y el ritmo poseídos por Baco, y, lo mismo que las bacantes sacan de los ríos, en su arrobamiento, miel y leche, cosa que no les ocurre serenas, de la misma manera trabaja el ánimo de los poetas, según lo que ellos mismos dicen.
Platón. Diálogo “Eutifrón”
Sócrates comienza a conocer cuáles van a ser los cargos que la ciudad de Atenas pague en tributo a sus enseñanzas. La primera de estas acusaciones es la que se trata en este diálogo, con Eutifrón precisamente, a las puertas del Pórtico del arconte rey, que como es sabido trata de asuntos religiosos.
Veamos dos cuestiones previas. Atenas es una polis religiosa, profundamente religiosa, al menos a la forma de los antiguos. Tras alguna que otra lucha, la diosa Atenea ha sido exaltada por encima de otras divinidades, quedando sin embargo al frente del Panteón Zeus, de multitud de epítetos. Y por otro lado, segunda cuestión, la vida social es una cuestión religiosa en la medida en que las leyes se consideran instrumento o comunicación divina para regular todo lo relativo a lo humano y lo divino.
Dicho lo cual, Eutifrón trata con Sócrates de encontrar una definición de lo que es “piedad” y de lo que es “impiedad”. Eusebio, dicho sea de paso, significa “piadoso”. ¿Es fácil determinar qué es realmente piadoso y qué no lo es?
Nuestra idea mental de “piedad” está bastante alejada de lo que implica en griego. Cuando escuchamos esta palabra pronto vienen a la cabeza hazañas de grandes santos, ceremonias religiosas cultuales, mundo de curas, monjas y similares. Pero piedad no pertenece a este mundo conceptual; más bien se aleja. En una cuestión inicial Sócrates habla de “obrar bien” como sinónimo, al menos en parte, de lo que es piedad. “¡Por Heracles! De seguro que la multitud ignora lo que es realmente obrar bien. En efecto, yo creo que hacer esto no está al alcance de cualquiera, sino del que ya está adelante en la sabiduría.” Dos cuestiones por tanto: obrar bien responde a algo así como pensar bien, hacer el bien responde a ser sabio. Lo contrario es imposible, y por tanto una contradicción más que una casualidad.
Y esta es la cuestión: ¿piedad o impiedad? Sócrates fue acusado de impío.